Volvió a escuchar el murmullo y una suave risa. Abrió un ojo con cuidado. Y se encontró de frente con el ojo de cristal del oso de peluche. —Hola —dijo. Ya era por la mañana, pero aún era muy temprano, y seguía nevando. —Mañana es Nochebuena —le dijo el oso con felicidad. — ¡Ah! —dijo él sin ocultar su falta de entusiasmo. Cerró los ojos y se tocó la cicatriz del cuello; casi lo sorprendió que aún estuviera allí. El oso saltó delante de su cara y Edward tuvo que recordarse que el oso no era real, que estaba unido a un brazo y el brazo, a su vez, a algo que no podía ver y que no dejaba de reírse. —Los osos duermen durante el invierno —dijo Edward.
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