Volvió a darle las gracias y le deseó buenas noches. En la puerta él se volvió y estudió su rostro de un modo que la desconcertó. Ella sabía que tenía la nariz roja y los ojos hinchados; debía estar horrible. Entonces se inclinó y la besó, un beso suave y lento en la boca. Luego se fue, cerrando la puerta en silencio a su espalda. —Le contagiaré el constipado —musitó—. ¿Por qué habrá hecho eso? Jamás me lo perdonaré si cae enfermo por mi culpa; debí detenerlo. Pero no había querido hacerlo. Sacó a Aengus de la jaula y le dio su refrigerio de la noche, puso agua al fuego para la bolsa de agua caliente y abrió el sofá cama, todo ello sin darse cuenta de lo que hacía.
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